Panorama desolador

-E: Calma, al menos alguien debe estar peor que nosotros...
-Angélica: y si no? ...

Platica desafortunada

Ciertamente hemos pasado un tiempo considerable hablando de porquerías – le dije a Ángeles-, me miró y acarició a Stalin, el más pequeño y absolutista de sus gatos. No crees que de una vez por todas deberías dejar de acariciar a Stalin y ponerme algo de atención – hablé en tono de broma- siempre bromeábamos con la apología del matrimonio, un matrimonio falso, pero matrimonio al fin. Bien, de que quieres hablar – me dijo con el ceño fruncido-. Hecha al gato primero, temo que si nos escucha, nos vaya a molestar en la noche. Ángeles aparto a Stalin, y se propuso a mirarme de manera desafiante, siempre lo hacía cuando yo demandaba algo de atención. Bien – me armé de valor para decirle- creo que ya es hora que lo discutamos, Kant o Hegel, verdaderamente era una vital y crucial conversación que habíamos dejado apartada, que de alguna manera dejábamos conscientemente de lado, como cuando nos encontramos con un conocido que no queremos saludar y volteamos la cara o cruzamos la calle. Bien creo que ya sabes – respondió sin darle mayor importancia- Hegel. A mí se me pusieron los pelos de punta, sinceramente, tenía esa desagradable sensación de que ella gustaba de Hegel, pero yo hasta ese momento lo había ignorado, tal vez inconscientemente había ignorado los relativismos de su moral, mejor dicho eticidad (en su lenguaje), cada vez que besaba a otro y yo sentía que el corazón se me partía, no era porque estuviese más borracha o más drogada que yo (puesto que todos los kantianos hemos de echar la culpa de todas nuestras falta a la ley universal de la moral por haber bebido demasiado) , era porque ella vivía la moral de nuestros tiempos, porque su eticidad, que por cierto desdeñaba de la mía, se acomoda a cada situación y al otro día, cuando despertábamos, y yo sentía el pecho desgarrado por una motosierra, ella me miraba con sus grandes ojos y con la más linda de las sonrisas me pedía que fuera por una Coca-Cola.

Paisaje

Llegué a la casa de Ángeles, la puerta estaba abierta, no porque así lo quisieren sino porque el postigo estaba malo, había que arreglarlo en algún momento, sin embargo, por ahora bastaría trabar la puerta con un improvisado cerrojo de astillas de leña. Entré a la casa esperando encontrar a los niños, no había ningún ruido, sólo el silente murmullo de la televisión en el tercer piso, probablemente los niños no estaban, consecuentemente, Ángeles tampoco. Medite un rato antes de subir al tercer piso, ya no era tan joven ni lo suficientemente viejo, para encontrarme con la Madre, no tan joven como para asombrarme, no tan viejo para que fuese un diálogo de sordos. Las palabras en ese momento tendrían sentido, un triste sentido, ya no me llamarían a la beligerancia de los 15, sabía que ahora, su rostro no sería inescrutable, si al menos fuese algo más viejo, no más sabio, más viejo para no escuchar.
Antes de subir, recorrí el segundo piso haciéndome la falsa esperanza de encontrar a los niños , como era de esperar no había nadie. Encontré un dibujo entre un libro de Volodia Teitelboim, se lo atribuí a algunos de los chicos. Me llamo la atención profundamente aquel paisaje, había una casa pequeña con las ventanas trizadas, un árbol donde se enredaba una serpiente negra y el sol se ponía en las montañas, era un sol lánguido y pálido que cubría gran parte del dibujo, parecía estar en todas partes.
Recordé que a la Madre no le gustaba Volodia Teitelboim, recordé muchas cosas, cuando Ángeles y yo éramos jóvenes, antes de los niños, antes de que la Madre se postrara en la cumbre de la casa, recordé sus interminables relatos, cuando cambiaban con el Padre de las niñas, acidos lisérgicos por discos de los “stogges” y de “ Jimmy heHdrix” , cuando yo era joven, cuando estaba enamorado de Angeles, de Angelica, de la casa, de la Madre.
A la Madre no le gustaba Teltelboim, porque era judío, porque el Padre de las niñas era judío, porque yo era judío, pero en ese momento –antes de los niños- yo era hermoso, frágil y ella me amaba. Yo que llegué cuando el Padre ya había muerto, dejando su maldición en todas partes, como una serpiente que se enrolla en un árbol, yo que era frágil y joven, asquerosamente joven. La madre aún trabajaba, la esperábamos para conversar, tomar mate, y fumar. Antes nosotros nos emborrachábamos, escuchábamos Sonic Youth, esperábamos a la Madre, para que nos transportara a su pasado, que en aquel tiempo yo consideraba exquisito.
Mire el dibujo, me detuve en el sol lánguido, que está en todas partes…
Todos en aquél tiempo, no queríamos aceptar la realidad, incluso la madre, quien seguía trabajando y se negaba a tratarse, tal como lo había hecho el Padre. Era chico y a pesar de ello, intuía como la muerte se estaba colando por entre nosotros.
En ese tiempo –antes de los niños- Ángeles colapso, al igual que la Madre, Ángeles sufrió de esquizofrenia hasta el primer parto. La Madre había sido relegada por dos años con las monjas en Ancud, allí conoció al Padre quién se la llevo a inicios los 70. En ese tiempo ella era maravillosa y libre como Ángeles y Angélica, con el Padre se habían asentado en Concepción, el padre se había unido al incipiente Mir, a ella de ahí la despreciaban, porque les daba LSD a los militantes, podía imaginar la gravedad los revolucionarios disolverse en la risa de la madre que nos contaba con jocosidad como veía el despliegue del fruncido ceño de los miristas.
El sol está en todas partes de la casa…
Cuando Ángeles quedo embarazada de Alma, Consuelo, la niña mayor, llegó de Estados Unidos. Yo estaba desecho y la madre empezó a sentirse mal, Consuelo era distinta de Ángeles y Angélica, despreciaba a la Madre y la culpaba de cómo había criado a las niñas después de la muerte del Padre, ni ángeles ni ánglica terminaron el colegio, ángeles estaba embarazada y ella estaba enferma, moriría dentro de poco si no comenzaba el tratamiento.
No me había percatado de que había una nube gris en el dibujo…
Después de la partida de Consuelo, Ángeles tuvo a Alma. Yo pase todo el embarazo con la madre, porque al igual que Borges temía profundamente a la Paternidad, temía repetirme y divulgarme, escape hacía la madre, quién había iniciado el tratamiento, y producto de la drogas había perdido fuerzas y pasaba la mayoría del tiempo en cama. Con la madre pasábamos horas hablando de los libros que ella me recomendaba, pero su luz se apagaba, de vez en cuando y yo y Angélica nos convertimos en sus nodrizas, ya no me emborrachaba, sólo fumábamos y solíamos trata de escapar de la realidad en nuestras tertulias literarias…
Cuando Ángeles tuvo Alma, hubo una gran felicidad en la casa. Yo me volqué entonces en Ángeles y en Alma… todo cambió repentinamente… me costaba pasar tiempo con la madre… comencé a trabajar. Angélica se convirtió en su nodriza perpetua, y entre nosotros todo empezó a tergiversarse, cundieron los celos y las amarguras, la lucidez nos envejeció de a poco, yo en ese momento sólo amaba a Ángeles.
Fue entonces en que decidimos tener a Vicente, cuando nos fuimos de la casa, cuandodejamos a la Madre y Angélica, yo tenía dinero para arrendar algo y Ángeles decidió odiar a su Madre…
Pero nada funciono para Angeles fuera de la casa, lejos de la Madre, no fue largo el tiempo, para que nos diéramos cuenta que nos odiábamos… que nada funcionaba, que nos culpábamos y nos hacíamos daño …
Angeles volvió a la casa, yo no hablé más con la madre.
Dejé el paisaje en la misma hoja en donde estaba, con un sobre con dinero, antes de irme, arreglé el postigo de la casa.

Neurótica

Muerta la encontraron en la habitación de sus pensamientos...

Apología de la autodestrucción

Es consabido por ustedes estimados lectores que la vida es muy corta y a la vez eterna. Es una paradoja que me pone los pelos de punta, aunque más correcto sería decir: "La bella paradoja de la vida". En ese contexto, tras un par de cervezas, he llegado a un par de ideas que quisiera compartir con ustedes. La primera tiene que ver, con la posibilidad de realizarse, de llegar a una meta, de luchar por algo, bajo esta primera premisa , la vida se nos presenta como una posibilidad de auto realización,una forma de encontrar la transcendencia tras la muerte, en otras palabras, algunos buscan escribir sus nombres con sangre en el lienzo de la historia. Otra posibilidad se nos presenta, en el álgido rugido de la noche cuando nos sentimos atraídos hacía la muerte y su magnetismo inexplicable y exquisito, puede ser bajo los efectos de un buen vino o en el vaho que dejan los amantes mientras arremeten con fuerza sus sexos, esta extraña manera de vivir la vida aniquilándose lenta o rápidamente se erige como una posibilidad mortuoriamente elegante de entregarse a los brazos de la muerte. Es extraño, porque aquí no sentimos deseos de autorealización o transcendencia, si no el simple placer de estar en frente de la muerte negra, mientras sonreímos y pensamos “estoy vivo, aquí, ahora”, con gallardía aceptamos está finitud y delicadeza, nuestro cuerpo se vuelve uno con el universo, entonces ahí la muerte, la verdadera muerte, la nada, no es más que un sin sentido.
Cada cierto tiempo jugamos a hacernos daño es al parecer parte de la naturaleza, claro si algo como eso existe, no estoy muy seguro, nunca he sido muy seguro, pero respecto del tema de la naturaleza humana, realmente no podría tener otra opinión, es difícil pensar que somos parte de una jugada de dados lanzados en el tablero divino, por el contrario, también me parece difícil pensar que tengamos un patrón de “programación”, un sustrato, básico, universal y eterno de “ser humano”. El hecho es que jugamos hacernos daño, al menos yo y las personas que frecuento.

Péndulo

Que sea engañado a puerta cerrada por el eco inexistente de tú voz… por una sombra que recorre los pasillos de casa olvidada. Apertura de corazón me has pedido y no puedo más que abrir estos brazos, como si volvieras a abrasarme fantasma… como si transportados hacia el éter, nos ahogáramos en la estrella de nuestros nombres… ¿Qué decir de ti recuerdo y vida? Todas serán silabas muertas, tentativas de describir lo inefable. Fantasma y recuerdo me has dejado con la lluvia colmada en la garganta, con los pies desplegados de su sombra, con un collar, que cuán péndulo de Foucault se balancea sostenido desde una viga hasta mi cabeza.